El pasado 4 de marzo se presentó Las nuevas leyes del poder: justicia, medios, inteligencia artificial y redes sociales, una obra colectiva que propone reflexionar sobre una transformación silenciosa pero profunda: el desplazamiento del poder hacia nuevas estructuras tecnológicas y comunicacionales que ya inciden directamente en el funcionamiento de las instituciones.
La presentación tuvo lugar en el auditorio de la Organización Menorá y reunió a magistrados, periodistas, académicos y especialistas en tecnología interesados en un fenómeno que atraviesa de lleno al sistema judicial contemporáneo. La apertura del encuentro estuvo a cargo del Gran Rabino Isaac Sacca, quien destacó la importancia de los sistemas de control institucional en las sociedades democráticas y subrayó el papel central que cumplen tanto la Justicia como los medios de comunicación en el equilibrio del poder.
El libro está dirigido por el juez de la Cámara Federal de Casación Penal Mariano Borinsky y la periodista María Bourdin, fue coordinado por Juan Manuel Garay y cuenta con un prólogo del ministro de la Corte Suprema Ricardo Lorenzetti. Publicado por Editorial La Ley (Thomson Reuters), el volumen reúne a más de cincuenta autores provenientes de distintos ámbitos del mundo jurídico, periodístico y académico.
La premisa que atraviesa la obra es clara: el poder ya no se ejerce exclusivamente desde las instituciones formales del Estado. En la actualidad, buena parte de la construcción de legitimidad —y también de reputación pública— se desarrolla en entornos digitales donde intervienen medios de comunicación, redes sociales y sistemas algorítmicos que seleccionan, jerarquizan y amplifican la información.
En ese contexto, la Justicia enfrenta un desafío particular. A diferencia de los poderes políticos, cuya legitimidad suele apoyarse en el respaldo social o electoral, el Poder Judicial produce decisiones que muchas veces resultan impopulares. Sin embargo, esas decisiones deben sostener su autoridad en un espacio público cada vez más condicionado por dinámicas de viralización, polarización y velocidad informativa.
La obra aborda este fenómeno desde múltiples perspectivas. Entre los autores se encuentran figuras del ámbito judicial como Julio Conte-Grand, Julián Ercolini, Germán Garavano, Javier Carbajo, Karina Perilli y Ricardo Basílico, junto con periodistas y analistas políticos como Ignacio Zuleta, Eduardo Feinmann, Luis Majul, Cristina Pérez, Hernán Cappiello, Claudio Zuchovicki, Sergio Berensztein y Facundo Nejamkis. La diversidad de miradas es uno de los rasgos centrales del libro, que combina reflexiones jurídicas, análisis institucionales y lecturas provenientes del campo de la comunicación y la tecnología.
La obra presentada propone repensar el lugar de la Justicia en una sociedad donde el poder ya no se concentra exclusivamente en las instituciones tradicionales, sino que circula a través de redes de información, plataformas digitales y sistemas tecnológicos que operan a una velocidad inédita.
Uno de los trabajos incluidos en el volumen es “Cuando la Justicia cruza el espejo: sesgos, ficciones y artificios”, de la directora de Diario Judicial, Analía Zygier. El artículo propone una mirada crítica sobre la relación entre inteligencia artificial y sistema judicial, poniendo el foco en un aspecto que suele pasar desapercibido: el riesgo de que los algoritmos reproduzcan o amplifiquen las mismas distorsiones que ya existen en las decisiones humanas.
El texto parte de una idea inquietante. La inteligencia artificial suele presentarse como una tecnología capaz de aportar neutralidad y objetividad a los procesos de decisión. Sin embargo, cuando los sistemas se entrenan con datos provenientes de decisiones judiciales históricas, lo que terminan aprendiendo no es la ley en abstracto, sino la práctica real de los tribunales, con todas sus imperfecciones y sesgos. En ese sentido, advierte Zygier, la IA puede funcionar como un espejo que refleja —y eventualmente amplifica— desigualdades preexistentes en el sistema judicial.
El artículo también analiza otro fenómeno que se vuelve cada vez más visible: la transformación de los procesos judiciales en narrativas públicas mediadas por algoritmos. En la era de las plataformas digitales, fragmentos de audiencias, declaraciones o imágenes de un juicio pueden viralizarse en redes sociales y convertirse en piezas de consumo masivo. Lo que para los operadores judiciales es un debate probatorio complejo puede aparecer ante el público como una secuencia dramática de escenas, recortadas y jerarquizadas por algoritmos que priorizan lo emocional, lo polémico o lo espectacular.
Ese proceso introduce una nueva categoría en el debate público: la llamada “verdad algorítmica”, es decir, una percepción de la realidad construida no sólo por periodistas o actores institucionales, sino también por sistemas automáticos que deciden qué fragmentos de información circulan con mayor visibilidad.
Mientras la digitalización amplía el universo de evidencias disponibles para los tribunales, al mismo tiempo erosiona la confianza en los propios soportes de prueba. En un escenario donde una imagen o un audio pueden ser artificialmente generados, la Justicia deberá desarrollar nuevos criterios de verificación y nuevas herramientas periciales para preservar la confiabilidad del proceso.
Otro de los ejes centrales del artículo es el impacto de los deepfakes en el sistema probatorio. La posibilidad de generar imágenes, audios o videos falsificados mediante inteligencia artificial plantea un desafío sin precedentes para el derecho procesal. Durante décadas, la prueba audiovisual fue considerada uno de los soportes más confiables para reconstruir hechos. Hoy, en cambio, la tecnología permite fabricar escenas que nunca ocurrieron, con un nivel de verosimilitud cada vez mayor.
Esta situación abre una paradoja inquietante: mientras la digitalización amplía el universo de evidencias disponibles para los tribunales, al mismo tiempo erosiona la confianza en los propios soportes de prueba. En un escenario donde una imagen o un audio pueden ser artificialmente generados, la Justicia deberá desarrollar nuevos criterios de verificación y nuevas herramientas periciales para preservar la confiabilidad del proceso.
Lejos de adoptar una postura tecnofóbica, el artículo plantea que el desafío no consiste en rechazar la inteligencia artificial, sino en aprender a utilizarla con prudencia institucional. La tecnología puede aportar herramientas valiosas para el análisis de grandes volúmenes de información, la organización de datos o la detección de patrones. Pero esas capacidades deben complementarse con supervisión humana, transparencia algorítmica y protocolos claros de verificación.
En definitiva, la obra presentada propone repensar el lugar de la Justicia en una sociedad donde el poder ya no se concentra exclusivamente en las instituciones tradicionales, sino que circula a través de redes de información, plataformas digitales y sistemas tecnológicos que operan a una velocidad inédita.
En ese nuevo escenario, el desafío para el sistema judicial no es menor: preservar la legitimidad de sus decisiones en un entorno donde la verdad jurídica, la verdad mediática y la verdad algorítmica conviven, compiten y, muchas veces, se confunden.