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Edición número 3728. ISSN 1667-8487
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05.05.07
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JUECES BURROS. Hace algunos meses fue un escándalo que un juez haya copiado los argumentos del fallo que dictó de un sitio web con un nombre groseramente explícito "Rincón del vago". Sin embargo este no es el único caso que ha sucedido en la Justicia argentina. Parece que la tentación del copy & paste es demasiado fuerte para algunos. No es ninguna novedad que esta es una práctica que los profesores secundarios y universitarios desenmascaran todos los días. Pero que el del desliz sea un honorable magistrado es too much. Hace poco fue un juez civil el que cayó en la vergonzosa tentación. Una de las partes advirtió el hecho (gracias al implacable ojo abarcador de Google) y, testimonio notarial mediante, le avisó a la Cámara de tan bochornoso hecho. Sorprendentemente la alzada dejó pasar graciosamente la mención. Como el torero que esquiva al toro con cierta gracia, una sala de la Cámara Civil decidió hacer oídos sordos apañando al juez. El tema va a llegar al Consejo, aunque no se sabe cuánto demorará su tratamiento cuando hay temas de mayor interés político que están en la picota, por lo menos hasta que lleguen las elecciones. Y el del vergonzante desliz fue justamente un juez civil, fuero dedicado, entre otras tantas cosas, a proteger los derechos de autor. Esta quizás marca además una falencia compartida por el Poder Judicial y la legión de ONGs que se dedican a fomentar las mejoras en la calidad del servicio de administración de justicia. Cada vez que una de estas organizaciones intermedias se quiere mostrar como interesada en que la sociedad conozca a sus jueces, caen siempre en la remanida idea de tratar de develar los patrimonios de los jueces. No es que esté mal que los magistrados muestren cómo está conformado su paquete de bienes, pero las múltiples insistencias enfocadas solamente sobre ese tema devela cierto amarillismo mediático tenuemente morboso y de una patente superficialidad. No estaría nada mal que alguien se ocupara de revisar cómo están redactados y fundamentados los fallos. Además hay jueces que se recibieron en la facultad de Derecho hace más de 30 años y posiblemente desde que dieron el último examen jamás volvieron a pisar un aula o trataron de actualizar sus viejos apuntes de los jóvenes años de estudio. Como dice el prestigioso profesor Ciuro Caldani, director de los posgrados de la Facultad de Derecho de la UBA, el Derecho hoy está ante una nueva era que abarca temas que antes no existían como bioética , las nuevas tecnologías, los negocios con alcance globalizado, medios de comunicación alternativos, los nuevos tipos de familias ensambladas, y tantos otros temas que irrumpen transformando la visión tradicional y conservadora que siempre caracterizó al Derecho. Así sería muy aconsejable de que como sociedad nos preguntemos no sólo qué patrimonio tiene un juez sino qué cursos de posgrado y actualización profesional han hecho por ejemplo durante los últimos cinco años. A diferencia de las declaraciones de bienes, que con un buen contador casi siempre admiten algún dibujito, con testaferros de por medio, el caso de la capacitación es intuitu personae, es decir, el juez lo tienen que llevar puesto en su cabeza y en su ánimo para tomar las decisiones de mejor manera. Con mejores decisiones el Poder Judicial sí se va a poder reconciliar con la sociedad y no blandiendo alegremente la ausencia de 4 x 4 o casa en Punta del Este. No sólo se es buen juez manejando un Fiat 128 o veraneando en Mar de Ajó. La sociedad no solamente merece jueces honestos, sino que también necesita de jueces actualizados y con un buen millaje en capacitación continua. Mucho más ahora que la Corte, el último garante en la plena vigencia de la correcta interpretación constitucional, ha estrechado los pasillos procesales que conducen hacia ella. Es por ello que si no tenemos instancias anteriores con cierta calidad de análisis y respuesta a los conflictos, aunque tengamos jueces honestos y austeros, estamos sonados. Serán jueces honestos con el bolsillo, no quedándose con dineros ajenos, pero no intelectualmente honestos que se prestan a fallar sobre temas que no conocen ni se preocupan por aprender. Si encima copian impúdicamente de Internet, pobre de nosotros. Pocos días atrás Consejo de la Magistratura, luego de un arduo debate, aprobó recibir una donación del Banco Mundial de 300.000 dólares con destino a la Escuela Judicial. Inexplicablemente hubo un consejero que votó en contra de recibir la donación, en la errónea creencia de que capacitar a los jueces era un privilegio para la corporación judicial. Pobre, no se dio cuenta que lo que se invierta en capacitar a los jueces va en directo beneficio del justiciable y del abogado que lo patrocina. Con jueces burros, nadie se beneficia.

SI LA CORTE CERRÓ, ESTAMOS FRITOS. En muchos casos la calidad de los fallos deja bastante que desear. Cuenta la leyenda que Zaffaroni, antes de ser investido como ministro del Máximo Tribunal, tenía la idea de una Corte como tribunal constitucional, con pocas pero significativas causas. Sin embargo al poco tiempo de asumir, en una conferencia en el Colegio Público de Abogados confesó que su idea original se había modificado un poco, en razón de que los fallos que le llegaban de las distintas alzadas de todo el país, requerían de la revisión correctiva de la Corte. En confianza había admitido que algunos de ellos eran, por ser benevolentes, bastante flojos. Esa es la Justicia que tenemos y como dice Lorenzetti, la solución requiere de tiempo, ya que el Poder Judicial es un poder lento y poco dinámico, ya que es el único que no se renueva por elecciones. Pero ya que los jueces son a perpetuidad –mientras se porten bien, y tomen toda la sopa- la única diagonal que nos queda es exigir que los jueces estén siempre a la altura de las circunstancias. La Escuela Judicial del Consejo de la Magistratura está llena de secretarios y funcionarios judiciales, pero los jueces brillan por su ausencia. Otro tanto se verifica en las aulas universitarias donde por ejemplo en el total de las maestrías de Derecho de la UBA, en los últimos dos años la cantidad de los jueces que se han inscripto no han superado los dedos de una mano. Este debería ser el tema del Consejo de la Magistratura, pensar el perfil de juez que queremos como sociedad. No sólo de los nuevos que va a designar, sino los que por obra y gracia de la garantía de estabilidad que otorga la Constitución Nacional, desde hace décadas que ocupan un lugarcito bajo el sol dentro del Poder Judicial. Se puede remover un juez por corrupto, o por mal desempeño, pero no porque haga años que no toca un libro. Esto marca a todas luces que no es suficiente mirar al juez por su patrimonio, sino que debiera auditarse también el avance de su formación profesional, y por qué no su salud psicológica. No son pocos los magistrados que no ofrecen demasiadas garantías de tranquilidad para quienes someten sus conflictos a su decisión. Por eso, a pesar de la férrea oposición de los jueces (esta vez sí con el pecado de la corporación) debería hacerse un examen psicofísico de aptitud por lo menos cada lustro. El tiempo pasa para todos. La capacidad tanto técnica como psicológica es a todas luces más importante de lo que está en condiciones de mensurar el Consejo. Los jueces que hoy juran deben pasar por esos controles. ¿Por qué no quienes ya están en la función? Es más efectista y fácil revisarles los bolsillos a los jueces, que revisarles la cabeza. Mientras tanto, habrá que convivir con los jueces burros, hasta que el Consejo (o la muerte) los separe.


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