
El sistema judicial suele ser visto como un engranaje oxidado, donde el tiempo parece detenerse entre expedientes infinitos y sellos de goma. Sin embargo, la verdadera revolución no viene de la mano de robots que dictan sentencias desde una nube pretenciosa, sino de la capacidad de desarrollar herramientas a medida dentro del Ministerio Público Fiscal.
El objetivo es simple: que el software se encargue de la carpintería burocrática para que nosotros podamos recuperar nuestra función original. Investigar no es completar formularios; investigar es pensar, conectar puntos y buscar la verdad, tareas que hoy quedan sofocadas por una montaña de tareas administrativas que no generan valor real.
Existe un fetiche moderno con el data entry asistido por IA, pero delegar el ingreso de datos crudos a un algoritmo es, para ser generosos, un error estratégico. La justicia no es una hoja de cálculo; existe una ventana de discrecionalidad y una sensibilidad procesal que la IA todavía no entiende (y quizás no deba entender nunca). Mi enfoque es distinto: prefiero desarrollar software "tonto" pero extremadamente eficiente. No necesito que el programa cuestione el sentido de la existencia mientras clasifica un oficio; necesito que conozca las variables exactas del proceso judicial, que son, por definición, repetitivas y estandarizadas. Al final del día, el Código Procesal Penal es nuestro manual de instrucciones, y nada debería salirse de esa norma.
El riesgo de alucinaciones o sesgos en el derecho es un lujo que no nos podemos dar.
En este tablero, dejar que una IA tome decisiones o "piense" no solo es innecesario, sino también peligroso. El riesgo de alucinaciones o sesgos en el derecho es un lujo que no nos podemos dar. Por eso, el desarrollo de comandos preestablecidos es el camino más seguro: si el proceso está codificado, la herramienta debe ser un reflejo fiel de esa lógica, sin libreto propio. Es preferible un sistema que no piense pero que ejecute con precisión quirúrgica, eliminando el error humano de raíz y garantizando que cada paso cumpla estrictamente con la normativa vigente, sin espacio para la interpretación creativa del silicio.
Finalmente, hay que ser realistas con el ecosistema en el que operamos. No todos trabajamos con supercomputadoras de la NASA ni todos los usuarios son expertos en sistemas; la Justicia se mueve en PCs del Estado que pelean por su vida y con personal que prioriza la resolución del caso por sobre la interfaz tecnológica. Estas herramientas customizadas están diseñadas para ser livianas, amigables y robustas. Menos pretensión de ciencia ficción y más eficiencia pragmática: bajar tiempos, optimizar recursos y, sobre todo, lograr que la tecnología trabaje para la justicia, y no que la justicia pierda el tiempo tratando de entender a la tecnología.
La idea es mostrar que la IA en la justicia esta bien, pero no como suponemos, no es delegarle a una IA que piense, es usar la IA para desarrollar herramientas tontas que no piensen, sino que ejecuten lo ya normado de forma eficiente sacando de juego al error humano, es un aproach un toque distinto.
Además, hay un factor de soberanía y bolsillo que no podemos ignorar: al tratarse de desarrollos propios y a medida, el Estado no queda de rehén de ninguna corporación tecnológica ni de sus caprichos arancelarios. Aquí no hay cuotas en dólares ni el riesgo de que una mañana nos den de baja la suscripción, dejándonos con el proceso a mitad de camino y la información bloqueada.
Es software nacional, pensado para los problemas de acá, que garantiza la continuidad del servicio sin depender de una tarjeta de crédito o de términos y condiciones escritos en California.
Este tema será abordado en el Panel de IA en la Administración de Justicia, del congreso La Abogacía en la Era de la IA y la Tokenización, organizado por el Colegio de la Abogacía de Avellaneda Lanús, los días 23 y 24 de abril, en modalidad híbrida. INSCRIPCIÓN GRATUITA.